¿Bueno para nada? ¿Malo para todo?

El comienzo del último trimestre del año suele ser decisivo respecto de definir situaciones pedagógicas, académicas, laborales, ocupacionales, profesionales que, por lo general, nos alcanza a todos.

Pero…la escuela…a diferencia de otros ámbitos sociales, tiene un peso en la vida de los niños que, para muchos, define sus posibilidades futuras de modo implacable, con efectos traumáticos que calan hondo en la capacidad subjetiva de un niño de percibirse/sentirse seguro, confiado para hacer las cosas que otros hacen.

Como bien expresa Isol en su libro “Petit, el monstruo”, la mayoría de los niños que presentan dificultades de aprendizaje escolar porque les cuesta, aún no les interesa, se aburren y, en consecuencia,  presentan problemas de atención, de conducta tienen la sensación  de que el juicio adulto se reduce a lo que esta escritora-ilustradora plantea como preguntas: “¿Bueno para nada? ¿Malo para todo?”. Si, además, consideramos que, aunque se esfuercen, sus esfuerzos nunca son suficientes, nunca alcanzan…algo no está funcionando bien entre nosotros, los adultos.

 

Pareciera que la condena escolar por no aprender los contenidos curriculares, en tiempo y en forma, no posibilita valorar que estos niños “malos” para los aprendizajes son “buenos” compañeros, sensibles a los afectos, curiosos, ocurrentes; se destacan en música, deportes, artes.

Pareciera, también, que, como Docentes, Fonoaudiólogas/os, Psicopedagogas/os, Psicólogas/os no nos damos cuenta del peso que tiene la escuela en la vida de los niños ya que como señala el Pedagogo Miguel Ángel Santos Guerra “se pasan en ella cinco de cada siete días de la semana y diez de cada doce meses del año. La escuela marca la infancia con sello indeleble”.

Pareciera, además, que, como papás, por inercia, por el deber hacer cumplir los requerimientos escolares participamos “en este nefasto proceso de etiquetado” sin reflexionar por las posibles consecuencias futuras. Santos Guerra plantea un círculo vicioso que, difícilmente, se deshace: “no puedo hacer nada bien y por eso no esperan nada de mí y no esperan nada de mí porque no puedo hacer nada bien. Es malo que te consideren tonto. Es peor que acabes creyéndote que lo eres. Ahí está el problema”.

Comparto con Isol esto de que todos somos “buenos-malos” sin distinción de edad cronológica y con Santos Guerra que “hay que poner a los alumnos ante retos asumibles ya que si lo situamos ante objetivos inalcanzables, le estamos abocando al fracaso”, en este punto, es necesario corregir el error y felicitar por el acierto.

 

Isol (2010). Petit, el monstruo. Buenos Aires: Calibroscopio.

Santos Guerra, M. A. (2014). Estigmas en la escuela “Soy el bruto del verbo brutar”, se presentaba un alumno. En diario La Capital, Sección Educación, sábado 4 de octubre de 2014.