Que la magia no se pierda…

Al leer el artículo de la narradora oral Juana La Rosa (2007) el párrafo que, a continuación, transcribo me pareció muy oportuno para quienes estamos interesados en el campo de la clínica con niños y/o en el campo pedagógico. Si bien la cita hace mención a la problemática docente es real que también nos involucra a fonoaudiólogos, psicólogos infantiles, psicopedagogos, entre otros. Teniendo en cuenta que, en pocas semanas se inicia un nuevo ciclo lectivo y con el ciclo lectivo se incrementan las consultas y se  retoman las terapias, está bueno disponernos a reflexionar  acerca de lo que esta autora plantea.

‹Cuando una tarde Eva (no la de Adán) preguntó a sus alumnos: “¿y ustedes saben qué es un cuento?”-, dos pequeños grandes filósofos de 3 años contestaron. Uno dijo: “es como soñar”, y otro dijo “es como la vida”, mientras el resto preparaba el teatro de los cuentos, que consistía en poner sillas como en el teatro y luego uno de ellos leía o contaba. Y si, es como soñar, es como mantener los sueños vivos, los propios y los ajenos. En ese encuentro entre el sueño del que narra y el del que escucha surge un relato que empieza a cobrar vida, toma cuerpo y se instala en otra dimensión como si ambos se trasladaran en una misma alfombra mágica. Pero este acto tan obvio, tan humano, como es el de abrazar con un cuento, a veces es difícil de sostener, pero no porque a los chicos no les interese escuchar cuentos, sino porque no terminamos de comprender ese acto mágico ni el territorio de la infancia, y a veces, o muchas veces, nuestra cabeza no puede dejar de conectarse con la realidad, -la nuestra, no la de los chicos-, y entonces nos estrellamos con la alfombra mágica. Un maestro que cuenta, y que sabe escuchar, “toca” con sus palabras. Un maestro que sabe escuchar, que está atento a lo que sucede, es un maestro creativo que puede conducir fluidamente la actividad, desarrollando la curiosidad, el interés por buscar. En su silencio da confianza, todo el cuerpo se compromete para entregar y recibir, su silencio contiene. El cuerpo todo escucha al otro y entonces el otro siente que su palabra tiene peso, que es escuchado y mirado con la mirada el alma›

Esta magia, destaca la autora, muchas veces se pierde dentro del aula – yo agregaría, además, dentro del espacio del consultorio- porque la preocupación suele ser tomar al cuento como una simple herramienta para generar una actividad. Si como adultos, calmamos nuestra ansiedad por producir y nos entregamos a disfrutar «con» los niños se abrirá el tan necesario espacio creativo…y con la creación el gusto por nuestra tarea.

La Rosa, J. (2007). Sobre el arte de narrar. En María Emilia López. Compiladora. Artepalabra. Voces en la poética de la infancia. Buenos Aires: Lugar Editoria.

 

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